miércoles, 26 de agosto de 2015

TOMATINA

Nada hacía pensar en el año 1945 que el ataque de ira de un buñolense acabaría por situar a esta pequeña localidad en el mapa de todo el mundo. Los típicos gigantes y cabezudos que amenizaban las fiestas del lugar, fueron los causantes de que las tradiciones dieran paso a la revolución por la que hoy se conoce a Buñol. El último miércoles del  mes de agosto de hace setenta años, dos jóvenes decidieron hacerse un hueco dentro de la comitiva del desfile con un ímpetu que molestó a alguno de los vecinos que participaban. El ataque de ira de este implicado y un capricho del destino que quiso colocar al alcance de su mano un puesto de verduras- provocó que aquella tarde, Buñol acogiera una enfurecida batalla entre una multitud cargada con tomates.La Tomatina había plantado su semilla. La irrupción de las fuerzas del orden público en aquel peculiar festín no consiguió enterrar lo que, sin querer, ya se había convertido en tradición.
Un año después, y con el regustillo de la experiencia en la memoria colectiva, los culpables de haber encendido la Tomatina regresaron al lugar para provocar la batalla, esta vez de forma voluntaria y con los tomates traídos de casa. Aunque la policía dispuso todos los medios posibles para disolver la concentración una vez más, los jóvenes habían hecho historia. En los años 50, la Tomatina se topó de bruces con el férreo control del franquismo. A pesar de sus continuos intentos, los participantes lucharon por continuar con una tradición que les llevó incluso a visitar en más de una ocasión el calabozo. La reunión de los principales agentes del pueblo consiguió levantar las prohibiciones y hacer oficial una fiesta que cada año se volvía más multitudinaria y exaltada.
Poco duró la juerga. La Tomatina fue cancelada una vez más en el año 1957. La amenaza era mayúscula: sanciones y penas de cárcel para los que osarán lanzarse un solo tomate. Ese año la Tomatina se tornó en un gran sepelio. Los vecinos, como señal de protesta, decidieron cambiar la batalla por el entierro del tomate, una peculiar manifestación que les llevó a pasear un ataúd con una gran verdura dentro. Contra el ingenio de los ciudadanos, nada pudo hacer la censura. Dos años más tarde la Tomatina se convertía en la fiesta oficial del pequeño pueblo de Buñol.


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